lunes, 15 de octubre de 2012
Se acercaba el fin del mundo, o algo parecido
Se acercaba el fin del mundo, o algo parecido. Pero nadie lo sabía. Nada hacía presagiar tal acontecimiento, aunque quizá había señales que se habían pasado por alto. Simplemente ocurriría, sin que ni siquiera un solo habitante de la Tierra sospechase lo más mínimo.
No importaba la causa, era irrelevante. Eso sí, iba a ser tan grande que, con suerte, miles de seres sobrevivirían para afrontar el reto de resistir a la extinción de la especie. Apenas faltaban veinticuatro horas para que sucediese y todos se comportaban, ignorantes, con absoluta normalidad.
Pedro discutió aquella tarde con Gloria, su mujer, por una estupidez. Era jueves, y ese sábado ella había invitado a unos amigos a cenar a casa, sin consultarlo con él. Pero el sábado era día de partido, y Pedro tenía otros planes para pasar la velada. Al pedante de Alberto no le interesaba lo más mínimo el deporte y Beatriz, la insoportable de su novia, únicamente hablaba de las cosas que se compraba.
Remedios seguía locamente enamorada de Julián, su compañero de la planta de caballeros de los grandes almacenes. Desde que su marido la dejó para irse con otra mucho más joven, su autoestima se había ido diluyendo como una aspirina efervescente en un vaso de agua, hasta desaparecer casi por completo. Pasaba ya de los cuarenta y cada vez que se miraba al espejo se convencía más de que nadie nunca jamás se interesaría por ella. El bueno de Julián, soltero empedernido, era de ésos que se enamoraba de las mujeres que le hacían caso, pero eso no solía ocurrir con frecuencia. Aquella noche, a la hora del cierre, Remedios estaba decidida a lanzarse de una vez por todas sobre su objetivo, sin importarle la vergüenza del rechazo. Buscó el momento oportuno muchas veces, pero en ninguna de ellas lo encontró.
Ya cerca de los treinta, Ernesto pensaba que su padre ya no tenía derecho a inmiscuirse en sus asuntos y, cuando habló con él por la mañana, le gritó y le colgó el teléfono. Al padre no le parecía prudente que el hijo se comprase una casa ahora, en plena crisis, para meterse en un préstamo de treinta años, con lo mal que estaba últimamente el trabajo. A las nueve de la noche, uno estaba todavía en el trabajo, haciendo horas extras, y el otro, en casa viendo el telediario, mientras esperaba la cena. Ambos se sentían mal, pero ninguno de los dos descolgó el teléfono.
Alvarito se había portado realmente fatal ese día. Llegó del cole con una nota de la profesora, de mal comportamiento. Cuando su madre la leyó, entró en cólera, le gritó y pronunció las frases de siempre: “Ya no sé qué hacer contigo”, o “Me vas a volver loca, no sé qué es lo que quieres de mí”. Lo que Alvarito quería era cariño y atención, comprensión y complicidad; pero la madre sólo le daba juguetes y comida, televisión y comida, gritos y comida.
El fin se acercaba, inexorable. La vida en la Tierra tal como la conocíamos, iba a sucumbir, súbitamente.
Pero nadie lo sabía aún.
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Es muy tierno aun subyaciendo ese destino que los une a todos, o precisamente por ello. Por un momento me ha recordado a ese microrrelato de Gabo -G Marquez-, ya que en ambos se nos muestra esa fugacidad del momento, esa mirada que solo vemos casi casi cuando ya es tarde...Enhorabuena.
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