Caminaba hacia su casa deprisa, con el puso acelerado. Aunque sabía que nadie le esperaba allí, sentía que era ya tarde y debía volver. Aquella cena con amigos se había prolongado más de la cuenta y al día siguiente tenía que trabajar.
Giró la última esquina de la última manzana y allí a pocos metros ya vio su portal. No estaba desierto. Una figura se recortaba en la penumbra. Sí era una mujer. Parecía que esperaba a alguien.
Justo cuando llegaba, aceleró el paso para pasar rápidamente por delante, saludar con educación y entrar. Así lo hizo. Fue un "buenas noches" forzado y apagado. Pero justo cuando pasaba a su altura, ella lo agarró del brazo, casi con brusquedad. Él se sorprendió, intentó zafarse y la miró a los ojos, en busca de un porqué.
- ¿No te acuerdas de mí?- Le espetó clavándole sus enormes ojos negros.
- Lo siento, pero en este momento...
Sorprendido y molesto, casi intimidado, no entendía la situación y, por más que hurgaba en su pasado, no identificaba a aquella misteriosa mujer.
Ella sí que estaba molesta, o más que molesta, dolida porque él no la recordaba.
- No puede ser, dime que sabes quién soy. Tú y yo, éramos...
- No, no, no, perdona pero te has equivocado de persona. Lo siento, pero te has confundido. Discúlpame, pero tengo que madrugar mañana...
Ahora fue él el que la tocó para apartarla un poco de la puerta y así poder entrar en el portal. Abrió la puerta con la llave y entró. Ella, aguantó la puerta abierta con un pie y, desde el umbral le habló un tono más alto, para que él la oyera mientras se alejaba hacia el ascensor.
- Te lo puedo demostrar. Puedo contarte cosas que sólo tú y yo sabemos.
Él no hizo caso, abrió la puerta del ascensor que, casualmente, estaba allí, y sin mirar atrás apretó el botón de su piso.
A las siete, el despertador, implacable, lo devolvió al mundo real. ¿Qué fue lo primero que le vino a la mente? "¿Quién demonios sería aquella mujer? ¿Estaría mal de la cabeza? ¿Por qué yo?"
El resto del día se olvidó completamente de ella. Su trabajo en la editorial revisando textos le permitía pocas escapadas mentales. Durante la comida, tampoco estuvo solo y la conversación constante no le permitió enfrascarse en sus pensamientos.
Aquella tarde se fue pronto a casa. Tenía realmente ganas de ponerse cómodo en su sofá y ver una buena película mientras se comía una pizza.
Ni se le pasó por la cabeza que cuando doblara la esquina, ella estaría allí otra vez. Pero estaba. Camiseta y pantalón vaquero, zapatillas y el pelo corto, a lo garçon. A cincuenta metros, ya se estaban mirando, y aguantaron la mirada hasta que él llegó a su altura.
- Tenemos que hablar.
Cualquiera de los dos podría haberlo dicho, pero fue él.
-¿Dónde?
- En mi casa no. Vamos a tomar algo ahí enfrente.
Se dirigieron a un café bastante concurrido, con un título sugerente: "el encuentro". Se sentaron a una mesa con tapa de mármol en dos sillas tipo thonet.
- Escucha, no sé de qué va esto, pero no me gusta. No te conozco y si te conociera me acordaría. ¿De acuerdo?
Ella lo escuchó impasible hasta que él acabó. Un instante después se derrumbó en su silla.
- No puede ser. No me puede estar pasando esto a mí.
- Vaya, siento exactamente lo mismo.
- No, no creo que sea lo mismo.
Una solitaria lágrima comenzó a resbalar por su cara. De pronto, recordó su estrategia.
- Vale, te lo voy a demostrar.
- ¿Cómo?
- Cuando eras pequeño, te fuiste de casa y anduviste solo por ahí durante un día entero, hasta que tu padre te encontró en un parque.
- Vaya, eso lo sabe mucha gente. ¿Quién te lo ha contado?
- Tú, melón.
- ¿Melón? Eso sólo me lo dice...¡Un momento! ¿Qué pasa aquí?
De pronto, empezó a marearse y tuvo que agarrarse a la mesa para no caer al suelo. Hasta tuvo una náusea. La cara de ella comenzó a resultarle familiar, de repente.
- Aquí hay algo muy extraño.
- Vaya, ya nos vamos entendiendo. Esto... tienen que haber sido ellos.
- ¿Ellos?
- Sí, ellos.
La miró a los ojos y vio a otra persona que hasta ahora, no había visto.
- ¿Qué me está pasando?
Ella, le agarró las manos y ese contacto lo tranquilizó. Se lo explicaría, aunque no sabía ni por dónde empezar.
- ¿Qué tal si ahora me invitas a subir a tu casa?
Se acomodaron en el salón, sentados en el sofá. Él todavía tenía esa sensación de aturdimiento y ella, más calmada, pensaba cómo explicarle lo que creía que había pasado.
- Mi nombre es Hanna. Vaya, esto es como tener un dejá vu. Es la segunda vez que me presento.
- Yo soy Rubén, aunque me temo que ya lo sabías. Por favor, dime qué me ha pasado. Yo, hasta ayer era un tipo normal, con las preocupaciones de un tipo normal. Pero hoy, de repente, noto que hay algo en mi vida que no encaja y tú eres la que lo ha puesto todo del revés.
- Verás: nos conocimos hace ocho meses, en una librería. Chocamos los dos con la estantería de ciencia - ficción, y a ti te cayó encima el Hacedor de estrellas, de Stapledon. Te confesé que aún no lo había leído y te pareció imperdonable. Ese mismo día me lo llevé y lo devoré en una sola noche. ¿Lo recuerdas?
Rubén la miró apesadumbrado y bajó la cabeza.
- Bueno, da igual. Vamos a hacer una cosa. Cuando recuerdes algo de lo que te cuente, me paras, ¿de acuerdo?
Él asintió y le invitó con un gesto a seguir con su relato.
- Empezamos a salir, al cine, esas cosas. Yo llevaba el pelo largo, no como ahora. El caso es que, bueno, nos enamoramos. De vez en cuando dormíamos juntos, aquí o en mi casa, pero todavía no nos habíamos decidido a compartir piso. En ésas estábamos cuando pasó aquello.
"Un día recibiste una llamada de teléfono. Era un tipo de una farmacéutica muy importante. Estaban haciendo unas investigaciones sobre el Alzheimer y, no sé cómo, habían averiguado tus antecedentes familiares. Eras un sujeto de estudio perfecto para ellos, y te propusieron colaborar en el programa. Al principio te negaste, pero luego te ofreció dinero, bastante dinero, y no pudiste rechazarlo. Dijeron que te iban a hacer unas pruebas para comprobar que la enfermedad era hereditaria y si tú la llevabas en tus genes. Después insistieron en que era necesario administrarte una medicación en fase experimental, que demostraría que si se coge a tiempo, se puede curar. Ahí empezaron los problemas: tu carácter cambió, te volviste más irritable, hasta violento a veces. Y comenzaste a olvidar cosas, primero tonterías, despistes, y más tarde, auténticas lagunas de tiempo en las que no recordabas nada de lo que habías hecho. Yo empecé a preocuparme. Te supliqué que dejaras el tratamiento, pero tú no me hacías caso. Era como si fueses otra persona. Ya no eras cariñoso conmigo y, nuestra relación se fue enfriando. ¿Te imaginas? Una medicación contra el Alzheimer y los efectos secundarios son pérdidas de memoria. ¿No es de locos?
Al final,te pusiste muy borde conmigo y me fui, no aguanté más. Luego me volví paranoica, creía que me seguían a todas partes, me sentía constantemente vigilada. Cualquier tipo que me encontraba por la calle, o en la acera de enfrente, me parecía sospechoso.
Estuve tres meses sin verte ni saber nada de ti, hasta hace unos días, que me encontré contigo por casualidad, en el centro. Nos cruzamos por la calle y nos miramos a los ojos, pero nada, supe que para ti era una extraña. Entonces decidí venir a verte."
Rubén la miraba atentamente, pero no daba crédito a lo que había escuchado.
- Te olvidas de que yo tengo una vida y que no se parece en nada a lo que has contado. Trabajo en una editorial revisando manuscritos y por las noches salgo con mis amigos. No tengo novia y vivo solo. Lo de antes fue un mareo y nada más. Y yo no tomo ningún tipo de medicación. No te ofendas, pero me gustan las rubias de ojos claros, no las morenas de ojos negros y, detesto la ciencia - ficción. Mi conclusión es que tienes problemas; algún tipo de desorden de la personalidad y que deberías ver a un médico. Ahora, si me perdonas, necesito descansar y preferiría no volverte a ver.
Hanna se levantó del sofá, desmoralizada, hundida y sin esperanzas. Lo había intentado, pero había fracasado. Bajó a la calle. Era ya noche cerrada y el invierno comenzaba a enfriar las esquinas. Ella caminaba de forma automática, sin pensar en poner un pie delante del otro, ensimismada en un único pensamiento: qué hacer para que se supiera la verdad, para que Rubén despertase de esa especie de sueño en el que parecía sumido. Quizá lo mejor sería ir directamente a la policía y contarlo todo. Tan ensimismada iba, que no oyó el coche que se le acercó por detrás a gran velocidad y la arrolló, empotrándola contra la esquina de enfrente y partiéndola por la mitad.
A la noche siguiente, él caminaba hacia su casa deprisa, con el pulso acelerado. Aunque sabía que nadie le esperaba allí, sentía que era ya tarde y debía volver. Aquella cena con amigos se había prolongado más de la cuenta y al día siguiente tenía que trabajar.
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