jueves, 15 de junio de 2017

A mi padre

lunes, 20 de diciembre de 2010

Naciste en 1930. Menuda década, en España y en el mundo. Tus padres, como mucha otra gente, emigraron a la gran ciudad en busca de oportunidades y se establecieron en la calle Junqueras, en un barrio de gente humilde. Allí tuviste que espabilar pronto y aprender a defenderte y a defender a tu hermano pequeño, el débil Roberto. La vida en la calle era dura, pero pronto te hiciste fuerte y valiente.

Luego vino la maldita guerra civil. ¡Sólo tenías 6 años! Corrías con tu hermano a los refugios, oías caer las bombas, con ese sonido inconfundible que jamás olvidarías. Tuvisteis suerte, pero tampoco había que tentarla demasiado y, lo más prudente fue volver al pueblo hasta que acabase todo.
Y todo acabó, y ganaron los malos. La vida entonces fue aún más dura. El racionamiento, las penurias, la represión. Te gustaba dibujar y se te daba realmente bien. Y leer, te encantaba leer. Eras un buen alumno en la escuela, pero tuviste que ponerte a trabajar muy pronto, como tantos otros de tu generación, una generación perdida para la cultura; cuarenta años de atraso para un país.
Aprendiste un oficio, ebanista, y comenzaste a crear fantásticos muebles.
En algún momento conociste a Jacoba, una chica delgada y muy tímida que servía en la casa de unos señoritos. Comenzasteis a salir y, surgió el amor. Un amor puro y casto como los de antes, que había que guardar las apariencias. Te fuste a la mili, y ella te esperó. Ya eráis novios, novios de verdad.
De los muebles, te pasaste al plástico (maldito progreso), pero seguiste trabajando muy duro para conseguir la entrada de un pisito y poder casarte.
En el 57 vino la riada, que tanta gente se llevó. Pero tampoco acabó contigo y dos años más tarde, la boda.
Todavía no os habían dado la casa y tuvisteis que vivir un tiempo en la casa de tus padres. Imagino que no tuvo que ser una buena época, pero en eso, llegó el primer retoño, Pedro José, Pedro por su padre y José por su abuelo materno. Nació en la casa de tus padres, pero muy pronto os dieron el piso y una mañana de enero os mudasteis. Nevaba. En Valencia.
Eran unos pisitos muy humildes del Estado. Al barrio le llamaron "la isla perdida", porque estaban totalmente rodeados de huerta y nada más. Allí empezaste con tu nueva familia, rodeado de otras como la tuya, humildes, pero ilusionadas: Juanjo y María, Pepe y Brune, Mª Aurora y Juan...
Tu padre tenía un punto débil: su corazón. Y una noche se fue sin enterarse, como todos soñamos hacerlo, mientras dormía. Fue duro, porque él era un ejemplo para ti, pero tenías que mirar hacia adelante, porque tenías tu propia familia y había que seguir.
Un poco más tarde nací yo, como sin querer, cuando ya no se me esperaba, en el año en el que García Márquez publicaba sus cien años de soledad, y los Beatles publicaban su Sgt. Pepper's.
Del plástico a los televisores, siempre trabajando.
Tuvimos una vespa, y luego un seiscientos, y viajamos por toda España, sin cinturones traseros ni sillitas, pero tu eras un buen conductor, de los mejores. Nunca tuvimos un accidente, nunca te distrajiste, nunca un solo fallo.
Crecimos y nos hicimos mayores. Empezamos a tomar decisiones y, algunas veces, nos equivocamos. Pero tú siempre nos apoyaste en todo lo que decidimos, siempre nos respetaste.
Siempre se podía hablar contigo, de cualquier tema, en cualquier momento.
Te despidieron del trabajo y nos reinventamos. Con negocio propio, salimos adelante; sin holguras, pero con dignidad.
Nos viste crecer y luego abandonar el nido para vivir nuestra propia vida. No somos perfectos, pero tenemos unos valores que en buena parte te debemos a ti, de bondad, honradez, trabajo, amor a los tuyos.
Te dimos nietos y eso fue para ti lo mejor de la vida, hacia el final, como una recompensa.
Ahora estás viejo y tienes Alzheimer. No recuerdas muchas cosas y sé que eso te tiene que preocupar, porque siempre defendiste la memoria como un valor de nuestra sociedad. Pero sigues manteniendo el mismo talante, risueño, cordial, de enorme respeto hacia los demás.
Nunca fuimos en la familia muy de hablar de nuestros sentimientos a la cara, no sé porqué. Un pudor extraño, del cual me siento profundamente culpable por la parte que me toca. Pero siento que ahora, aunque sea en estas cobardes líneas, tenía que decirlo, que he sido muy feliz contigo y que el hombre bueno que soy ahora, te lo debo en gran parte a ti. Probablemente no leas esto nunca, pero prometo decírtelo a partir de ahora, aunque solo sea con la mirada, porque solo me sale una palabra: 

Gracias papá.

sábado, 6 de julio de 2013

Yo no me llamo Javier

Cuando se despertó la mañana del 4 de abril, Ernesto Cifuentes ya no era él, pero todavía no lo sabía.
Estaba en una cama que no era la suya. Esto fue lo primero que percibió. A su lado, dormía plácidamente una mujer, pero tampoco era la suya. No recordaba haber bebido la noche anterior, o quizá no tanto como para no recordar dónde estaba.
Estaba tan desconcertado que por un momento llegó a pensar que lo que estaba viviendo en ese instante no era más que un sueño y que, cuando despertase de él, todo volvería a la normalidad. Pero no, aunque desistió de abofetearse, sabía que lo que estaba viviendo era real; muy extraño, pero real al fin y al cabo.
Sonó un despertador y la mujer que dormía a su lado despertó, lo paró y se levantó. Ernesto decidió hacerse el dormido y espiarla por el rabillo del ojo para ver lo que hacía. Cuando saltó de la cama, ella llevaba encima sólo un camisón semitransparente que, antes de llegar a la puerta del baño, ya había caído al suelo.
Mientras se oía el ruido de la ducha, él aprovechó para echar un vistazo al dormitorio, una vista general, todo sin moverse de debajo de las sábanas. No muy grande, muebles baratos, gusto discutible.
Al cabo del rato, la mujer salió del baño abrochándose una blusa, cuya abertura todavía dejaba ver un sujetador de talla más bien pequeña. La blusa, como la falda, eran de un uniforme de un conocido supermercado.
Cuando terminó de maquillarse, parecía que iba a salir de la habitación, pero volvió sobre sus pasos. Puso una rodilla en la cama y lo besó a él en una mejilla. Mientras hacía esto, le susurró al oído:
- Sé que estás despierto. Acuérdate de hacerte el currículum. Luego te llamo.
Salió. Luego ruido de llaves y puerta que se cierra.
Ernesto se levantó como un resorte. Ya no había motivos para seguir en la cama. Había que explorar y, sobre todo, averiguar qué era lo que estaba pasando.
El resto de la casa, un pisito pequeño, modesto, lo recorrió rápidamente. Aparte de no saber dónde estaba, Ernesto se sentía extraño, incómodo. Entró al baño y se miró al espejo.
Ésa no era su cara y ése no era su cuerpo. Sintió como un vahído y tuvo que agarrarse al lavabo porque pensaba que se iba a desmayar. Estaba en shock, pero no llegó a perder el sentido.
Superado el primer momento, intentó serenarse. Era de locos, pero estaba ocurriendo. Buscó una explicación racional a lo que pasaba, pero lo único plausible que se le ocurría era que hubiera perdido la chaveta. En cambio, conservaba el aplomo, la reflexión y el raciocinio que le caracterizaban, por lo que no parecía probable que estuviera trastornado.
Lo primero que debía averiguar era en qué ciudad estaba. Abrió un armario empotrado y cogió unos vaqueros y un suéter. Cuando encontró unas deportivas se percató de que, en su nuevo cuerpo, calzaba un 44. Lo de mirarse al espejo, lo iba a dejar por ahora. Bajó por las escaleras, a falta de ascensor y apareció en una calle de un barrio periférico de una ciudad cualquiera.
No tardó mucho en darse cuenta de que estaba en la misma, en la suya. Lejos de casa, pero apenas a unas cuantas paradas de metro. Cuando bajó las escaleras del suburbano se percató de que no llevaba nada en los bolsillos y que, por tanto, iba a tener que hacer el recorrido a pie. Este barrio no era como el suyo. Humildes negocios,  muchos inmigrantes por las calles, coches viejos, gente con ropa barata, chicos jugando...
Tardó más de una hora en llegar a su barrio y lo primero que observó fue que la gente, sus vecinos, lo miraban con recelo, quizá por su vestimenta, por su cara, su pelo alborotado, su barba sin afeitar. Se plantó delante de su portal y volvió a caer en la cuenta de que no llevaba las llaves de su casa. Entonces, decidió esperar, pues estaba claro que el portero del edificio no le iba a reconocer. Se acomodó en la acera de enfrente para ver pasar a la gente, con la esperanza de que, en algún momento, saliese de casa su mujer, Sara, que a estas horas solía ir todos los días al gimnasio a su sesión matutina de pilates. Así fue. A los pocos minutos, la puerta se abrió y salió una atractiva mujer de cuerpo escultural, con ropa deportiva y una bolsa de deporte al hombro. Decidió abordarla, con tacto, sin asustarla.
- Sara, Sara.
- ¿Perdón?
- Sara, soy yo, Ernesto.
- Oiga, ¿cómo sabe mi nombre? ¿Ernesto? ¿Qué Ernesto?
- Quién va a ser, pues Ernesto, tu marido.
- Perdone, pero está usted confundido. Yo no le conozco. Discúlpeme, llevo prisa.
- Te lo puedo explicar...

La vio alejarse rápidamente, asustada. "¿Te lo puedo explicar? ¿Cómo se me ocurre decirle eso? Si no lo entiendo ni yo..."
Anduvo el resto del día vagando por las calles, sin rumbo fijo, con hambre, desconcertado, sin saber qué hacer. Estaba oscureciendo y había que buscar un lugar donde pasar la noche, a cubierto. No se le ocurrió otro sitio más que volver a la casa de donde había salido por la mañana. Por lo menos, parecía que allí sería bien recibido...

Cuando llegó era ya noche cerrada. Tocó el timbre de abajo. El portal se abrió. Cuando llegó arriba, la puerta estaba entreabierta. Hubo bronca. Que de dónde vienes a estas horas, que qué has hecho todo el día por ahí, que la casa está hecha un asco, que no te has hecho el currículum, que así no vamos a ninguna parte...
Ernesto no pudo más que asentir a todo y cargar con todas las culpas. Cenaron en silencio y luego vieron una serie de la tele en el sofá. Al poco rato, ella se fue a la cama, muy cansada del duro día de trabajo en el supermercado.
Él se quedó, no viendo la tele, pensando. Sobre el mueble del salón, una foto enmarcada de su boda, con unos trajes horribles.
¿Qué podía hacer? Todavía no podía creerse lo que le estaba pasando, pero era real , ¡maldita sea!
"Vale céntrate, Ernesto. Tu mujer no te conoce, porque no estás en tu cuerpo, sino en el de otro tío, y tienes otra mujer. Vale, no está mal, pero no es tu mujer. Pero si tú estás aquí, ¿en tu casa quién está con tu mujer?¿Será este tipo, el de este cuerpo?¿Estará en la cama con Sara en estos momentos el muy cabrón? Y Sara, pensando que soy yo, ¿le estará haciendo eso que tanto me gusta a mí?¿Lo estarán haciendo? Lo mato, lo mato... Pero si lo mato, ¿me estaré matando a mí mismo?"
Al final, vencido por el sueño, se fue a la cama. Se deslizó sigilosamente por debajo del nórdico y se acurrucó en el hueco que quedaba. Ella, se revolvió y cambió de postura sin despertarse, abrazándolo.
A la mañana siguiente, era domingo y el supermercado no abría. No hubo despertador. Eran las nueve y media y ella seguía abrazada a él, sin tregua. Abrió los ojos, lo miró y habló:
- Buenos días mi amor - le susurró al oído mientras se arrimaba más a él. De repente, se apartó con un bufido.
- ¡Buf, apestas!. Anda, ve y date una ducha rápida, que yo te espero aquí.
- Buenos días - Alcanzó a decir él mientras se levantaba y se dirigía hacia el baño.
Bajo la ducha, pensaba sobre lo que iba a hacer cuando saliera. Esto provocó algún cambio en su anatomía, bastante evidente, por cierto. ¿Qué podía hacer? Tenía que seguir con su papel de esposo mientras averiguase la forma de volver a su anterior vida. Estaba dispuesto a sacrificarse.
... Y se sacrificó... tres veces.
Cristina, se llamaba Cristina. Lo vio en las toallas del baño, bordadas con los nombres de ambos. Cristina y Javier. "Vaya, me llamo Javier"
Retozaron todavía durante un rato en el lecho hasta que ella se levantó y se puso algo ligero para ir a preparar el desayuno. Ernesto, o Javier, se quedó mirando al techo, con una sonrisa de oreja a oreja.
El resto del domingo fue muy bien. Pasearon, prepararon una suculenta comida, luego una reparadora siesta y por la tarde vieron una peli en el sofá con palomitas de microondas. Antes de cenar, Cristina le recordó que debía ponerse al ordenador para actualizar el currículum, que ya llevaba año y medio sin trabajar y se le estaba acabando el paro. Esa persona llamada Javier tenía una trayectoria profesional bastante penosa: nunca acabó sus estudios en la Universidad, hizo varios cursos sin sentido y trabajó en los sitios más variopintos: desde repartidor de pizzas a domicilio, a contador de coches, reponedor en un hipermercado, payaso de cumpleaños o vendedor de colchones a domicilio. Un auténtico desastre, pensó, mientras cenaban una tortilla francesa con un filete de lomo adobado.
Ernesto era un gurú del márkéting. Su empresa había facturado en el último año más de dos millones de euros y sus campañas eran un ejemplo para todos sus colegas. Como no sabía qué hacer respecto a su nueva situación, mientras se le ocurría algo, pensó en ayudar un poco a Javier. Se lo planteó como un reto, casi como un juego. Y comenzó con su currículum.
En menos de una semana tuvo tres entrevistas de trabajo. En las tres lo seleccionaron y, entre ellas, Ernesto eligió la que le gustó más. Cuando llegó a casa y le dijo a Cristina que ya tenía un empleo, ella no se lo podía creer. Salieron a cenar para celebrarlo, tirando de visa, porque estaban a final de mes. Él dejó que ella eligiera el restaurante ya que, si hubiese sido al revés, ni con la visa. Fueron a un turco, bastante limpio, no muy lejos del barrio. Ella estaba radiante, orgullosa de su marido y muy, muy enamorada. Él parecía divertirse en su nueva vida, desde que había decidido vivirla, sin pensar en todo lo demás.
Pasaron las semanas y cada vez se sentía más cómodo en aquel pisito, con aquella mujer. Apenas pensaba ahora en Sara una o dos veces al día, y lo único que sentía era curiosidad por saber lo que estaría viviendo, y si la persona que estaba en su lugar la estaría haciendo realmente feliz. No, no es que antes no lo fuera, pero Ernesto siempre sintió que ella no acababa de entregarse y quizá era porque él no había sabido darle lo que ella quería.
Lo cierto es que realmente no sabía cómo poder volver a su anterior vida, por lo menos mientras siguiera viviendo en ese cuerpo y, quién sabe, quizá ya no hubiera vuelta atrás. O a lo mejor, una mañana se despertaría y todo habría vuelto a la normalidad. En cuanto a estas dos posibilidades, llegó un momento en el que Ernesto - Javier no sabía realmente cuál de las dos deseaba más. Sintió que se le había brindado una alternativa y que si se decidía por alguna de las dos, ésa sería la que prevalecería.
Pero todavía no lo había decidido.
Pasaron los meses y la nueva pareja se entendía a las mil maravillas. A Javier el trabajo le iba muy bien, traía un buen sueldo a casa y Cristina estaba muy feliz y relajada con la nueva situación. Gozaban del tiempo libre, haciendo cosas sencillas, siempre juntos, más enamorados que nunca. Sí, enamorados. Era imposible resistirse a los encantos de Cristina, una mujer bella, sencilla pero muy inteligente, siempre dispuesta a sonreír. Al principio le decía que la quería para no levantar sospechas, pero últimamente lo hacía realmente convencido, sin ninguna duda.
Muchas cosas habían cambiado en su día a día. Aunque ahora podían permitirse algunas cosas más que antes, no conocían el lujo y él comenzó a apreciar las cosas que no se pagan con dinero, como algo mucho más valioso. Ya no había fiestas, ni caros restaurantes, ropa de marca ni viajes exóticos, pero ahora parecía todo mucho más auténtico y hasta incluso estaba dando a su vida un giro más espiritual.
Un día ocurrió lo inevitable. Iba Javier caminando por el centro, buscando una tienda para comprarle un regalo a Cristina por el aniversario de boda, vaya paradoja, cuando avistó a lo lejos por la misma acera pero en dirección contraria a Sara paseando cargada de bolsas, del brazo de Ernesto. En un primer momento sintió un respingo, se sobresaltó. Pero conforme los vio acercarse, observó sus caras, sus gestos y le pareció que estaban muy a gusto el uno con el otro. Por fin se cruzaron y Javier no sintió ni siquiera el deseo de volver la cabeza para verlos alejarse.
Esa noche, cuando llegó a casa se encontró con una mesa decorada, velas y la mejor vajilla. Fue una bonita celebración, aunque era una lástima que él no recordase la boda. Cenaron, se repartieron los regalos y se fueron a la cama. Hicieron el amor, despacio, muy despacio, gozando de cada momento, sin prisas.
Cuando terminaron, se quedaron callados, abrazados, un buen rato. Javier volvió por un momento a sus pensamientos, sobre si realmente podía ser él mismo quien lo decidiera y, si era así, cuándo sería capaz de tomar esa decisión.
En ello estaba cuando Cristina le habló:
- Javi, mi vida, tengo que decirte algo.
- Dime.
- No es que no sepa cómo decírtelo, pero no sé cómo te lo vas a tomar.
- Seguro que me lo tomaré bien, no te preocupes.
- Javi, estoy embarazada. Vamos a tener un hijo.

Javier la miró a los ojos, en la penumbra del dormitorio, la besó en la frente y le susurró al oído:
- Sí, quiero.

martes, 12 de marzo de 2013

Compañeros de pupitre

Hoy era el cumpleaños de mi amigo Luis. Luis y yo éramos compañeros de pupitre. Hoy cumplía 46.
Compañeros de pupitre... Qué lejos queda todo eso y, sin embargo, qué recuerdos tan bonitos. 
Gracias a la magia de internet nos hemos vuelto a saludar, después de tantos años. Toda una vida ha pasado por encima de cada uno de nosotros. Millones de cosas que probablemente nunca nos contaremos. Puede que nunca quedemos a tomar algo y nos conformemos con saber que estamos ahí, en una lista de "amigos". Quizá ahora no tengamos nada en común, es lo más probable, pero para mí siempre será mi compañero de pupitre, alguien muy especial en mi vida, un recuerdo amable en mi memoria.
Hoy pasé por la puerta del viejo colegio y volví a vernos allí, en primera fila, mirando a la pizarra y atendiendo al profesor.

Feliz cumpleaños, Luis.

martes, 19 de febrero de 2013

Memoria

Caminaba hacia su casa deprisa, con el puso acelerado. Aunque sabía que nadie le esperaba allí, sentía que era ya tarde y debía volver. Aquella cena con amigos se había prolongado más de la cuenta y al día siguiente tenía que trabajar.
Giró la última esquina de la última manzana y allí a pocos metros ya vio su portal. No estaba desierto. Una figura se recortaba en la penumbra. Sí era una mujer. Parecía que esperaba a alguien.
Justo cuando llegaba, aceleró el paso para pasar rápidamente por delante, saludar con educación y entrar. Así lo hizo. Fue un "buenas noches" forzado y apagado. Pero justo cuando pasaba a su altura, ella lo agarró del brazo, casi con brusquedad. Él se sorprendió, intentó zafarse y la miró a los ojos, en busca de un porqué.
- ¿No te acuerdas de mí?- Le espetó clavándole sus enormes ojos negros.
- Lo siento, pero en este momento...
Sorprendido y molesto, casi intimidado, no entendía la situación y, por más que hurgaba en su pasado, no identificaba a aquella misteriosa mujer.
Ella sí que estaba molesta, o más que molesta, dolida porque él no la recordaba.
- No puede ser, dime que sabes quién soy. Tú y yo, éramos...
- No, no, no, perdona pero te has equivocado de persona. Lo siento, pero te has confundido. Discúlpame, pero tengo que madrugar mañana...
Ahora fue él el que la tocó para apartarla un poco de la puerta y así poder entrar en el portal. Abrió la puerta con la llave y entró. Ella, aguantó la puerta abierta con un pie y, desde el umbral le habló un tono más alto, para que él la oyera mientras se alejaba hacia el ascensor.

- Te lo puedo demostrar. Puedo contarte cosas que sólo tú y yo sabemos.
Él no hizo caso, abrió la puerta del ascensor que, casualmente, estaba allí, y sin mirar atrás apretó el botón de su piso.

A las siete, el despertador, implacable, lo devolvió al mundo real. ¿Qué fue lo primero que le vino a la mente? "¿Quién demonios sería aquella mujer? ¿Estaría mal de la cabeza? ¿Por qué yo?"
El resto del día se olvidó completamente de ella. Su trabajo en la editorial revisando textos le permitía pocas escapadas mentales. Durante la comida, tampoco estuvo solo y la conversación constante no le permitió enfrascarse en sus pensamientos.
Aquella tarde se fue pronto a casa. Tenía realmente ganas de ponerse cómodo en su sofá y ver una buena película mientras se comía una pizza.
Ni se le pasó por la cabeza que cuando doblara la esquina, ella estaría allí otra vez. Pero estaba. Camiseta y pantalón vaquero, zapatillas y el pelo corto, a lo garçon. A cincuenta metros, ya se estaban mirando, y aguantaron la mirada hasta que él llegó a su altura.
- Tenemos que hablar.
Cualquiera de los dos podría haberlo dicho, pero fue él.
-¿Dónde?
- En mi casa no. Vamos a tomar algo ahí enfrente.
Se dirigieron a un café bastante concurrido, con un título sugerente: "el encuentro". Se sentaron a una mesa con tapa de mármol en dos sillas tipo thonet.

- Escucha, no sé de qué va esto, pero no me gusta. No te conozco y si te conociera me acordaría. ¿De acuerdo?
Ella lo escuchó impasible hasta que él acabó. Un instante después se derrumbó en su silla.
- No puede ser. No me puede estar pasando esto a mí.
- Vaya, siento exactamente lo mismo.
- No, no creo que sea lo mismo.
Una solitaria lágrima comenzó a resbalar por su cara. De pronto, recordó su estrategia.
- Vale, te lo voy a demostrar.
- ¿Cómo?
- Cuando eras pequeño, te fuiste de casa y anduviste solo por ahí durante un día entero, hasta que tu padre te encontró en un parque.
- Vaya, eso lo sabe mucha gente. ¿Quién te lo ha contado?
- Tú, melón.
- ¿Melón? Eso sólo me lo dice...¡Un momento! ¿Qué pasa aquí?
De pronto, empezó a marearse y tuvo que agarrarse a la mesa para no caer al suelo. Hasta tuvo una náusea. La cara de ella comenzó a resultarle familiar, de repente.
- Aquí hay algo muy extraño.
- Vaya, ya nos vamos entendiendo. Esto... tienen que haber sido ellos.
- ¿Ellos?
- Sí, ellos.
La miró a los ojos y vio a otra persona que hasta ahora, no había visto.
- ¿Qué me está pasando?

Ella, le agarró las manos y ese contacto lo tranquilizó. Se lo explicaría, aunque no sabía ni por dónde empezar.
- ¿Qué tal si ahora me invitas a subir a tu casa?

Se acomodaron en el salón, sentados en el sofá. Él todavía tenía esa sensación de aturdimiento y ella, más calmada, pensaba cómo explicarle lo que creía que había pasado.
- Mi nombre es Hanna. Vaya, esto es como tener un dejá vu. Es la segunda vez que me presento.
- Yo soy Rubén, aunque me temo que ya lo sabías. Por favor, dime qué me ha pasado. Yo, hasta ayer era un tipo normal, con las preocupaciones de un tipo normal. Pero hoy, de repente, noto que hay algo en mi vida que no encaja y tú eres la que lo ha puesto todo del revés.
- Verás: nos conocimos hace ocho meses, en una librería. Chocamos los dos con la estantería de ciencia - ficción, y a ti te cayó encima el Hacedor de estrellas, de Stapledon. Te confesé que aún no lo había leído y te pareció imperdonable. Ese mismo día me lo llevé y lo devoré en una sola noche. ¿Lo recuerdas?
Rubén la miró apesadumbrado y bajó la cabeza.
- Bueno, da igual. Vamos a hacer una cosa. Cuando recuerdes algo de lo que te cuente, me paras, ¿de acuerdo?
Él asintió y le invitó con un gesto a seguir con su relato.
- Empezamos a salir, al cine, esas cosas. Yo llevaba el pelo largo, no como ahora. El caso es que, bueno, nos enamoramos. De vez en cuando dormíamos juntos, aquí o en mi casa, pero todavía no nos habíamos decidido a compartir piso. En ésas estábamos cuando pasó aquello.

"Un día recibiste una llamada de teléfono. Era un tipo de una farmacéutica muy importante. Estaban haciendo unas investigaciones sobre el Alzheimer y, no sé cómo, habían averiguado tus antecedentes familiares. Eras un sujeto de estudio perfecto para ellos, y te propusieron colaborar en el programa. Al principio te negaste, pero luego te ofreció dinero, bastante dinero, y no pudiste rechazarlo. Dijeron que te iban a hacer unas pruebas para comprobar que la enfermedad era hereditaria y si tú la llevabas en tus genes. Después insistieron en que era necesario administrarte una medicación en fase experimental, que demostraría que si se coge a tiempo, se puede curar. Ahí empezaron los problemas: tu carácter cambió, te volviste más irritable, hasta violento a veces. Y comenzaste a olvidar cosas, primero tonterías, despistes, y más tarde, auténticas lagunas de tiempo en las que no recordabas nada de lo que habías hecho. Yo empecé a preocuparme. Te supliqué que dejaras el tratamiento, pero tú no me hacías caso. Era como si fueses otra persona. Ya no eras cariñoso conmigo y, nuestra relación se fue enfriando. ¿Te imaginas? Una medicación contra el Alzheimer y los efectos secundarios son pérdidas de memoria. ¿No es de locos?
Al final,te pusiste muy borde conmigo y me fui, no aguanté más. Luego me volví paranoica, creía que me seguían a todas partes, me sentía constantemente vigilada. Cualquier tipo que me encontraba por la calle, o en la acera de enfrente, me parecía sospechoso. 

Estuve tres meses sin verte ni saber nada de ti, hasta hace unos días, que me encontré contigo por casualidad, en el centro. Nos cruzamos por la calle y nos miramos a los ojos, pero nada, supe que para ti era una extraña. Entonces decidí venir a verte."

Rubén la miraba atentamente, pero no daba crédito a lo que había escuchado.
- Te olvidas de que yo tengo una vida y que no se parece en nada a lo que has contado. Trabajo en una editorial revisando manuscritos y por las noches salgo con mis amigos. No tengo novia y vivo solo. Lo de antes fue un mareo y nada más. Y yo no tomo ningún tipo de medicación. No te ofendas, pero me gustan las rubias de ojos claros, no las morenas de ojos negros y, detesto la ciencia - ficción. Mi conclusión es que tienes problemas; algún tipo de desorden de la personalidad y que deberías ver a un médico. Ahora, si me perdonas, necesito descansar y preferiría no volverte a ver.

Hanna se levantó del sofá, desmoralizada, hundida y sin esperanzas. Lo había intentado, pero había fracasado. Bajó a la calle. Era ya noche cerrada y el invierno comenzaba a enfriar las esquinas. Ella caminaba de forma automática, sin pensar en poner un pie delante del otro, ensimismada en un único pensamiento: qué hacer para que se supiera la verdad, para que Rubén despertase de esa especie de sueño en el que parecía sumido. Quizá lo mejor sería ir directamente a la policía y contarlo todo. Tan ensimismada iba, que no oyó el coche que se le acercó por detrás a gran velocidad y la arrolló, empotrándola contra la esquina de enfrente y partiéndola por la mitad.

A la noche siguiente, él caminaba hacia su casa deprisa, con el pulso acelerado. Aunque sabía que nadie le esperaba allí, sentía que era ya tarde y debía volver. Aquella cena con amigos se había prolongado más de la cuenta y al día siguiente tenía que trabajar.

sábado, 16 de febrero de 2013

Aurora boreal

En diciembre de 1937 se produjo un suceso en España nada usual. Una aurora boreal se pudo contemplar desde muchos puntos del país. Mientras se mataban los unos a los otros, durante unos minutos, los españoles vieron que el cielo se encendía y mostraba una belleza indescriptible. Algunos, desde las trincheras, pensarían que aquello era, sin duda, un mal presagio.
Mi padre tenía 7 años y la vio.
Hace unos meses, de pronto, comenzó a hablarme de ello, y me describió los colores y la fascinación que sintió al presenciar semejante fenómeno. Al principio no le creí, pero luego, no sé porqué, busqué en internet y lo encontré. Efectivamente, había ocurrido tal como me contó.
A día de hoy, ya no me conoce, no sabe quién soy. Puede que haya olvidado hasta ese acontecimiento en su vida que dejó una huella imborrable en su memoria. Hoy, mientras le ayudaba a vestirse, me vino a la cabeza aquel recuerdo. De repente, entró mi hijo en la habitación y me quedé mirándolo, pensando si algún día llegaría a mirarlo como a un extraño.

Somos memoria.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Resumen de un año

Ha sido un año intenso, con sustos, disgustos y satisfacciones. El balance es positivo porque seguimos estando todos y eso es lo más importante.
Algún susto que otro hemos tenido y más de un disgusto, pero casi siempre eran cosas materiales que se perdían, reemplazables.
La tristeza de ver cómo mi padre se sigue perdiendo en el laberinto sin salida que es el Alzheimer, lenta, pero inexorablemente.
La satisfacción, siempre en eterna contradicción con lo anterior, de ver a mi hijo crecer feliz y evolucionar.
Nuevos amigos, de calidad, se han incorporado a mi vida. En eso he tenido mucha suerte este año.
Un camino nuevo, de luz, que me ha abierto nuevos ojos y me ha mejorado como persona.
Enfermedad y retiro, tiempo de reflexión, de tomar distancia, para conocerme mejor.
Amor, al lado de mi familia, que siempre ha estado ahí, cuando los he necesitado.
Pese a mi inconformismo crónico, a ese siempre querer más y mejor, creo que el sentimiento que resume todo este año que termina, en general, es:

Agradecimiento.

Gracias a todos los que me habéis apoyado, a los que me habéis soportado, a los que me escuchasteis sin juzgarme, a los que me habéis comprendido y a los que, sin comprenderme, me habéis seguido queriendo tal como soy.

Me gustaría que en este año que va a comenzar, TODOS intentásemos por encima de todo lo demás, ser mejores personas, porque así es como avanzan las civilizaciones, las que tienen un futuro por delante. Vamos a necesitar un poco de suerte, pero la actitud es lo más importante.

A por el 2013.

lunes, 15 de octubre de 2012

Se acercaba el fin del mundo, o algo parecido



Se acercaba el fin del mundo, o algo parecido. Pero nadie lo sabía. Nada hacía presagiar tal acontecimiento, aunque quizá había señales que se habían pasado por alto. Simplemente ocurriría, sin que ni siquiera un solo habitante de la Tierra sospechase lo más mínimo.
No importaba la causa, era irrelevante. Eso sí, iba a ser tan grande que, con suerte, miles de seres sobrevivirían para afrontar el reto de resistir a la extinción de la especie. Apenas faltaban veinticuatro horas para que sucediese y todos se comportaban, ignorantes, con absoluta normalidad.

Pedro discutió aquella tarde con Gloria, su mujer, por una estupidez. Era jueves, y ese sábado ella había invitado a unos amigos a cenar a casa, sin consultarlo con él. Pero el sábado era día de partido, y Pedro tenía otros planes para pasar la velada. Al pedante de Alberto no le interesaba lo más mínimo el deporte y Beatriz, la insoportable de su novia, únicamente hablaba de las cosas que se compraba.

Remedios seguía locamente enamorada de Julián, su compañero de la planta de caballeros de los grandes almacenes. Desde que su marido la dejó para irse con otra mucho más joven, su autoestima se había ido diluyendo como una aspirina efervescente en un vaso de agua, hasta desaparecer casi por completo. Pasaba ya de los cuarenta y cada vez que se miraba al espejo se convencía más de que nadie nunca jamás se interesaría por ella. El bueno de Julián, soltero empedernido, era de ésos que se enamoraba de las mujeres que le hacían caso, pero eso no solía ocurrir con frecuencia. Aquella noche, a la hora del cierre, Remedios estaba decidida a lanzarse de una vez por todas sobre su objetivo, sin importarle la vergüenza del rechazo. Buscó el momento oportuno muchas veces, pero en ninguna de ellas lo encontró.

Ya cerca de los treinta, Ernesto pensaba que su padre ya no tenía derecho a inmiscuirse en sus asuntos y, cuando habló con él por la mañana, le gritó y le colgó el teléfono. Al padre no le parecía prudente que el hijo se comprase una casa ahora, en plena crisis, para meterse en un préstamo de treinta años, con lo mal que estaba últimamente el trabajo. A las nueve de la noche, uno estaba todavía en el trabajo, haciendo horas extras, y el otro, en casa viendo el telediario, mientras esperaba la cena. Ambos se sentían mal, pero ninguno de los dos descolgó el teléfono.

Alvarito se había portado realmente fatal ese día. Llegó del cole con una nota de la profesora, de mal comportamiento. Cuando su madre la leyó, entró en cólera, le gritó y pronunció las frases de siempre: “Ya no sé qué hacer contigo”, o “Me vas a volver loca, no sé qué es lo que quieres de mí”. Lo que Alvarito quería era cariño y atención, comprensión y complicidad; pero la madre sólo le daba juguetes y comida, televisión y comida, gritos y comida.

El fin se acercaba, inexorable. La vida en la Tierra tal como la conocíamos, iba a sucumbir, súbitamente.
Pero nadie lo sabía aún.