Ha sido un año intenso, con sustos, disgustos y satisfacciones. El balance es positivo porque seguimos estando todos y eso es lo más importante.
Algún susto que otro hemos tenido y más de un disgusto, pero casi siempre eran cosas materiales que se perdían, reemplazables.
La tristeza de ver cómo mi padre se sigue perdiendo en el laberinto sin salida que es el Alzheimer, lenta, pero inexorablemente.
La satisfacción, siempre en eterna contradicción con lo anterior, de ver a mi hijo crecer feliz y evolucionar.
Nuevos amigos, de calidad, se han incorporado a mi vida. En eso he tenido mucha suerte este año.
Un camino nuevo, de luz, que me ha abierto nuevos ojos y me ha mejorado como persona.
Enfermedad y retiro, tiempo de reflexión, de tomar distancia, para conocerme mejor.
Amor, al lado de mi familia, que siempre ha estado ahí, cuando los he necesitado.
Pese a mi inconformismo crónico, a ese siempre querer más y mejor, creo que el sentimiento que resume todo este año que termina, en general, es:
Agradecimiento.
Gracias a todos los que me habéis apoyado, a los que me habéis soportado, a los que me escuchasteis sin juzgarme, a los que me habéis comprendido y a los que, sin comprenderme, me habéis seguido queriendo tal como soy.
Me gustaría que en este año que va a comenzar, TODOS intentásemos por encima de todo lo demás, ser mejores personas, porque así es como avanzan las civilizaciones, las que tienen un futuro por delante. Vamos a necesitar un poco de suerte, pero la actitud es lo más importante.
A por el 2013.
sábado, 29 de diciembre de 2012
lunes, 15 de octubre de 2012
Se acercaba el fin del mundo, o algo parecido
Se acercaba el fin del mundo, o algo parecido. Pero nadie lo sabía. Nada hacía presagiar tal acontecimiento, aunque quizá había señales que se habían pasado por alto. Simplemente ocurriría, sin que ni siquiera un solo habitante de la Tierra sospechase lo más mínimo.
No importaba la causa, era irrelevante. Eso sí, iba a ser tan grande que, con suerte, miles de seres sobrevivirían para afrontar el reto de resistir a la extinción de la especie. Apenas faltaban veinticuatro horas para que sucediese y todos se comportaban, ignorantes, con absoluta normalidad.
Pedro discutió aquella tarde con Gloria, su mujer, por una estupidez. Era jueves, y ese sábado ella había invitado a unos amigos a cenar a casa, sin consultarlo con él. Pero el sábado era día de partido, y Pedro tenía otros planes para pasar la velada. Al pedante de Alberto no le interesaba lo más mínimo el deporte y Beatriz, la insoportable de su novia, únicamente hablaba de las cosas que se compraba.
Remedios seguía locamente enamorada de Julián, su compañero de la planta de caballeros de los grandes almacenes. Desde que su marido la dejó para irse con otra mucho más joven, su autoestima se había ido diluyendo como una aspirina efervescente en un vaso de agua, hasta desaparecer casi por completo. Pasaba ya de los cuarenta y cada vez que se miraba al espejo se convencía más de que nadie nunca jamás se interesaría por ella. El bueno de Julián, soltero empedernido, era de ésos que se enamoraba de las mujeres que le hacían caso, pero eso no solía ocurrir con frecuencia. Aquella noche, a la hora del cierre, Remedios estaba decidida a lanzarse de una vez por todas sobre su objetivo, sin importarle la vergüenza del rechazo. Buscó el momento oportuno muchas veces, pero en ninguna de ellas lo encontró.
Ya cerca de los treinta, Ernesto pensaba que su padre ya no tenía derecho a inmiscuirse en sus asuntos y, cuando habló con él por la mañana, le gritó y le colgó el teléfono. Al padre no le parecía prudente que el hijo se comprase una casa ahora, en plena crisis, para meterse en un préstamo de treinta años, con lo mal que estaba últimamente el trabajo. A las nueve de la noche, uno estaba todavía en el trabajo, haciendo horas extras, y el otro, en casa viendo el telediario, mientras esperaba la cena. Ambos se sentían mal, pero ninguno de los dos descolgó el teléfono.
Alvarito se había portado realmente fatal ese día. Llegó del cole con una nota de la profesora, de mal comportamiento. Cuando su madre la leyó, entró en cólera, le gritó y pronunció las frases de siempre: “Ya no sé qué hacer contigo”, o “Me vas a volver loca, no sé qué es lo que quieres de mí”. Lo que Alvarito quería era cariño y atención, comprensión y complicidad; pero la madre sólo le daba juguetes y comida, televisión y comida, gritos y comida.
El fin se acercaba, inexorable. La vida en la Tierra tal como la conocíamos, iba a sucumbir, súbitamente.
Pero nadie lo sabía aún.
jueves, 27 de septiembre de 2012
Filtraciones
Aquella noche, después de la cena, Lily y Paul se acostaron pronto. Ya en la cama, Paul intentaba dormir, pero Lily no tenía sueño.
-Paul, cariño.
-¿Sí?
-¿Tú sabes qué es la muerte?
-¿Dónde has oído esa palabra?
-¡Qué importa! El caso es que la he oído. Me han dicho que era algo que había antes y que era terrible. Hacía desaparecer a las personas.
-Sí, algo así he oído yo también. A mí me contaron que hace muchos años las personas vivían menos de cien años y luego desaparecían.
-¿Desaparecían? No lo entiendo.
-Se extinguían, dejaban de vivir. Sus cuerpos se descomponían y desaparecían.
-¡Dios mío, eso es terrible! ¿Te imaginas las vidas de aquellos pobres infelices, desapareciendo con menos de cien años?
-Te tengo dicho que no me gusta que emplees ese tipo de expresiones.
-Me gusta utilizar expresiones antiguas.
-Si ni siquiera sabes lo que significa.
-Pero a mí me suena bien.
-Haz lo que quieras, pero evita usarla en público, ¿quieres?
-De acuerdo. Pero volviendo al tema, ¿imaginas cómo podían vivir esas vidas tan efímeras, sabiendo que su fin estaba tan cercano; cómo podían ser felices en tan corto espacio de tiempo…?
-Serían felices a su manera. Ten en cuenta que ellos no conocían otra posibilidad. Imagino que trataban de vivir aprovechando al máximo cada momento. Algunos incluso, según me han contado, tenían la creencia en una vida posterior, para poder hacer ésta más llevadera.
-Sigo pensando que no tenían tiempo para nada. Tú y yo llevamos apenas quinientos años juntos y aún no te conozco del todo.
-Sus vidas quizá fueran más intensas. Debían serlo.
-Debía ser angustioso, saber que tu final está tan cerca. No, no me entra en la cabeza.
-Está bien cariño, duérmete ya. Mañana hay que ir a trabajar.
-No, todavía no. Aún queda algo pendiente. Si morían, ¿cómo mantenían el nivel de población?
-Creo que ellos mismos creaban otros individuos, utilizando el sexo. De esa forma mantenían un cierto equilibrio. Pero no me preguntes cómo, porque ya no sé más del tema. Bueno, sí. Se comenta que los individuos nuevos eran muy pequeños al principio, y torpes, muy torpes, hasta el punto de que no sabían hablar y ni tan siquiera se mantenían en pie. Creo que les llamaban…niños.
-Tuvo que ser una época dura…
-Diferente, sólo eso. Buenas noches Lily.
-Buenas noches, Paul.
Cuento extraído del libro “Crónicas de la Eternidad”
martes, 12 de junio de 2012
Yoga
Mi mujer me inscribió y pagó el primer mes. "Te hará bien, me dijo"
A mi edad ya se le tiene miedo a muy pocas cosas, o al menos así debería ser, pero cuando entré en aquella habitación, mi primera reacción fue: "pero, ¡dónde me he metido!"
Tuve que superar muchos miedos: el miedo al ridículo, el miedo a estar en franca minoría, el miedo a sentirme el blanco de todas las miradas, en fin, que lo más sensato hubiera sido quizá salir corriendo y no mirar atrás.
Pero me quedé. Puede que por cabezonería, puede que porque pensase que se esperaba de mí que abandonase. Pero no, realmente me quedé porque me gustó. Descubrí una sana práctica que hace que cada día me sienta mejor, aun cuando mi escepticismo visceral me sigue azotando en el subconsciente, pero sobre todo, lo que encontré fue un grupo de personas que me acogió, me aceptó y me dio su calor. De la primera a la última, cada una a su manera, me hicieron sentir que pertenecía a ese grupo y yo, les di todo lo que puedo dar, lo que soy.
He conocido a una gente fantástica y eso, a estas alturas del mundo, es un verdadero lujo.
Gracias a todas por aceptarme y porque sé que para vosotras tampoco tuvo que ser fácil al principio, pues imagino que me veríais como un auténtico intruso.
Entre todas hacéis que cada día sea mejor persona.
A mi edad ya se le tiene miedo a muy pocas cosas, o al menos así debería ser, pero cuando entré en aquella habitación, mi primera reacción fue: "pero, ¡dónde me he metido!"
Tuve que superar muchos miedos: el miedo al ridículo, el miedo a estar en franca minoría, el miedo a sentirme el blanco de todas las miradas, en fin, que lo más sensato hubiera sido quizá salir corriendo y no mirar atrás.
Pero me quedé. Puede que por cabezonería, puede que porque pensase que se esperaba de mí que abandonase. Pero no, realmente me quedé porque me gustó. Descubrí una sana práctica que hace que cada día me sienta mejor, aun cuando mi escepticismo visceral me sigue azotando en el subconsciente, pero sobre todo, lo que encontré fue un grupo de personas que me acogió, me aceptó y me dio su calor. De la primera a la última, cada una a su manera, me hicieron sentir que pertenecía a ese grupo y yo, les di todo lo que puedo dar, lo que soy.
He conocido a una gente fantástica y eso, a estas alturas del mundo, es un verdadero lujo.
Gracias a todas por aceptarme y porque sé que para vosotras tampoco tuvo que ser fácil al principio, pues imagino que me veríais como un auténtico intruso.
Entre todas hacéis que cada día sea mejor persona.
martes, 1 de mayo de 2012
Y sin embargo...
En ningún momento se
me pasó por la mente la idea de que ése día iba a ser el último de mi vida.
Nada hacía presagiar hecho tan luctuoso, aunque, sin embargo, había algo, una
sensación extraña que, desde primera hora de la mañana, me producía una desazón
bastante persistente.
A las siete, el móvil
con su suave música, me puso en el mundo. Breve visita al baño y desayuno
escuchando las noticias, sentado a la mesa de la cocina. Es lunes y lo primero
que dicen es que el sábado murió Whitney
Houston. En fin, pienso, se veía venir, pero es una pena, tenía media vida por
delante.
Afeitado concienzudo y
ducha. Me visto y vuelvo a la cocina. Abro la nevera y no, no me acordé anoche
de hacerme algo para comer. Cojo cuatro rebanadas de pan de molde, dos lonchas
de jamón y dos de queso y las envuelvo en papel de aluminio. Una manzana del
frutero completará mi comida de hoy.
Salgo de casa a menos
diez, hacia la estación. Hace mucho frío, tal como he oído en la radio, cuatro
grados y mucha humedad, para variar. Entro a la estación, saco el billete en la
máquina y miro la pantalla: dos minutos, me da tiempo. Paso el torno, bajo las
escaleras y cruzo las vías. Me coloco los auriculares y programo “Ambient One”
de The American Dollar, ideal para leer. Enciendo mi libro. Murakami espera
paciente. En el andén, la misma gente de todos los días, más o menos: el del
pelo blanco con gafas y la misma chaqueta espantosa de siempre, la bajita
masculina fumadora de las botas de militar, la alta morena delgada de la frente
ancha, por cierto, hace tiempo que no veo a la rubia de buen ver con cara de
problema, la habrán despedido, supongo. El tren llega en treinta segundos y,
como siempre, subo al primer vagón. Sería estúpido si subiera siquiera al
segundo, lógica aplastante. Va lleno, pero con espacio suficiente como para
desplegar el libro y leer de pie, agarrado a la barra del techo. Dos paradas y
llegamos.
Estación del Norte,
bullicio y bostezos. Cuando llego a la puerta de salida, siempre miro hacia
atrás, a los que todavía están caminando por el andén, los que iban en los
últimos vagones. Encaro Matemático Marzal hacia San Vicente, gente desayunando
en los bares chinos. Al pasar por la puerta de la asesoría siempre miro hacia
adentro y ahí está, el señor mayor que ya debería estar jubilado, leyendo Las
Provincias. Semáforo verde en San Vicente, hoy es mi día de suerte. Al pasar
por delante de la cafetería New York miro a la señora de cincuenta y tantos que
hace sudokus y tiene cara de encargada. Si tomara el metro en Plaza España
leería más, pero me gusta caminar. Doblo por Ramón y Cajal y sigo recto,
pasando por el establecimiento que tiene en la fachada de cristal una foto de
una chica rubia con un collarín y un fajo de billetes de quinientos en la mano.
El Historiador Diago
convierte a Ramón y Cajal en Fernando el Católico, en la esquina de la jefatura
superior de policía. Paso por delante de la parada del autobús amarillo,
siempre llena de mujeres, sólo mujeres. Me cruzo con la chica estilosa de
mirada altiva y, un poco más adelante, con la mujer que siempre iba con el
hombre de las orejas enormes; ¿qué le habrá pasado?
Cruzo Quart en verde,
aunque esto no es novedad. Echo de menos al maniquí gordo y calvo de la tienda
de moda de al lado de la guardería; le daba un toque original. Las gemelas
rubias pasan frente a mí conversando, siempre sonrientes, de camino al colegio.
Llego al paso de
peatones del cruce con el Paseo de la Pechina y está en verde. Por Fernando el
Católico viene un coche blanco, un astra, que gira hacia Pechina. Va muy
deprisa y va, mirando a otro lado. No me ve hasta que lo tengo encima. Yo
tampoco lo he visto hasta ese momento. Yo estoy en mitad del paso de peatones.
Él también.
Un paso atrás, una
finta, no sé qué es lo que he hecho, pero me pasa rozando. En ese instante, nos
miramos. Su cara, una mezcla entre susto, alivio y disculpa. La mía, algo como
susto, alivio y rabia.
Miro a mi izquierda,
sigo cruzando.
Pobre Whitney, pienso.
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