En diciembre de 1937 se produjo un suceso en España nada usual. Una aurora boreal se pudo contemplar desde muchos puntos del país. Mientras se mataban los unos a los otros, durante unos minutos, los españoles vieron que el cielo se encendía y mostraba una belleza indescriptible. Algunos, desde las trincheras, pensarían que aquello era, sin duda, un mal presagio.
Mi padre tenía 7 años y la vio.
Hace unos meses, de pronto, comenzó a hablarme de ello, y me describió los colores y la fascinación que sintió al presenciar semejante fenómeno. Al principio no le creí, pero luego, no sé porqué, busqué en internet y lo encontré. Efectivamente, había ocurrido tal como me contó.
A día de hoy, ya no me conoce, no sabe quién soy. Puede que haya olvidado hasta ese acontecimiento en su vida que dejó una huella imborrable en su memoria. Hoy, mientras le ayudaba a vestirse, me vino a la cabeza aquel recuerdo. De repente, entró mi hijo en la habitación y me quedé mirándolo, pensando si algún día llegaría a mirarlo como a un extraño.
Somos memoria.
Precioso
ResponderEliminarMuchas gracias, Angélica.
EliminarMuy bonito y muy cierto: Somos memoria. Ampliando un poco más la idea, o como simple consuelo, también se podría decir que somos memoria en los demás. Mientras nos recuerden una parte de nosotros permanece viva, aunque ciertamente no estemos o una cruel enfermedad engañe al mundo aparentando que estamos.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo
Bellas palabras...
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