Cuando se despertó la mañana del 4 de abril, Ernesto Cifuentes ya no era él, pero todavía no lo sabía.
Estaba en una cama que no era la suya. Esto fue lo primero que percibió. A su lado, dormía plácidamente una mujer, pero tampoco era la suya. No recordaba haber bebido la noche anterior, o quizá no tanto como para no recordar dónde estaba.
Estaba tan desconcertado que por un momento llegó a pensar que lo que estaba viviendo en ese instante no era más que un sueño y que, cuando despertase de él, todo volvería a la normalidad. Pero no, aunque desistió de abofetearse, sabía que lo que estaba viviendo era real; muy extraño, pero real al fin y al cabo.
Sonó un despertador y la mujer que dormía a su lado despertó, lo paró y se levantó. Ernesto decidió hacerse el dormido y espiarla por el rabillo del ojo para ver lo que hacía. Cuando saltó de la cama, ella llevaba encima sólo un camisón semitransparente que, antes de llegar a la puerta del baño, ya había caído al suelo.
Mientras se oía el ruido de la ducha, él aprovechó para echar un vistazo al dormitorio, una vista general, todo sin moverse de debajo de las sábanas. No muy grande, muebles baratos, gusto discutible.
Al cabo del rato, la mujer salió del baño abrochándose una blusa, cuya abertura todavía dejaba ver un sujetador de talla más bien pequeña. La blusa, como la falda, eran de un uniforme de un conocido supermercado.
Cuando terminó de maquillarse, parecía que iba a salir de la habitación, pero volvió sobre sus pasos. Puso una rodilla en la cama y lo besó a él en una mejilla. Mientras hacía esto, le susurró al oído:
- Sé que estás despierto. Acuérdate de hacerte el currículum. Luego te llamo.
Salió. Luego ruido de llaves y puerta que se cierra.
Ernesto se levantó como un resorte. Ya no había motivos para seguir en la cama. Había que explorar y, sobre todo, averiguar qué era lo que estaba pasando.
El resto de la casa, un pisito pequeño, modesto, lo recorrió rápidamente. Aparte de no saber dónde estaba, Ernesto se sentía extraño, incómodo. Entró al baño y se miró al espejo.
Ésa no era su cara y ése no era su cuerpo. Sintió como un vahído y tuvo que agarrarse al lavabo porque pensaba que se iba a desmayar. Estaba en shock, pero no llegó a perder el sentido.
Superado el primer momento, intentó serenarse. Era de locos, pero estaba ocurriendo. Buscó una explicación racional a lo que pasaba, pero lo único plausible que se le ocurría era que hubiera perdido la chaveta. En cambio, conservaba el aplomo, la reflexión y el raciocinio que le caracterizaban, por lo que no parecía probable que estuviera trastornado.
Lo primero que debía averiguar era en qué ciudad estaba. Abrió un armario empotrado y cogió unos vaqueros y un suéter. Cuando encontró unas deportivas se percató de que, en su nuevo cuerpo, calzaba un 44. Lo de mirarse al espejo, lo iba a dejar por ahora. Bajó por las escaleras, a falta de ascensor y apareció en una calle de un barrio periférico de una ciudad cualquiera.
No tardó mucho en darse cuenta de que estaba en la misma, en la suya. Lejos de casa, pero apenas a unas cuantas paradas de metro. Cuando bajó las escaleras del suburbano se percató de que no llevaba nada en los bolsillos y que, por tanto, iba a tener que hacer el recorrido a pie. Este barrio no era como el suyo. Humildes negocios, muchos inmigrantes por las calles, coches viejos, gente con ropa barata, chicos jugando...
Tardó más de una hora en llegar a su barrio y lo primero que observó fue que la gente, sus vecinos, lo miraban con recelo, quizá por su vestimenta, por su cara, su pelo alborotado, su barba sin afeitar. Se plantó delante de su portal y volvió a caer en la cuenta de que no llevaba las llaves de su casa. Entonces, decidió esperar, pues estaba claro que el portero del edificio no le iba a reconocer. Se acomodó en la acera de enfrente para ver pasar a la gente, con la esperanza de que, en algún momento, saliese de casa su mujer, Sara, que a estas horas solía ir todos los días al gimnasio a su sesión matutina de pilates. Así fue. A los pocos minutos, la puerta se abrió y salió una atractiva mujer de cuerpo escultural, con ropa deportiva y una bolsa de deporte al hombro. Decidió abordarla, con tacto, sin asustarla.
- Sara, Sara.
- ¿Perdón?
- Sara, soy yo, Ernesto.
- Oiga, ¿cómo sabe mi nombre? ¿Ernesto? ¿Qué Ernesto?
- Quién va a ser, pues Ernesto, tu marido.
- Perdone, pero está usted confundido. Yo no le conozco. Discúlpeme, llevo prisa.
- Te lo puedo explicar...
La vio alejarse rápidamente, asustada. "¿Te lo puedo explicar? ¿Cómo se me ocurre decirle eso? Si no lo entiendo ni yo..."
Anduvo el resto del día vagando por las calles, sin rumbo fijo, con hambre, desconcertado, sin saber qué hacer. Estaba oscureciendo y había que buscar un lugar donde pasar la noche, a cubierto. No se le ocurrió otro sitio más que volver a la casa de donde había salido por la mañana. Por lo menos, parecía que allí sería bien recibido...
Cuando llegó era ya noche cerrada. Tocó el timbre de abajo. El portal se abrió. Cuando llegó arriba, la puerta estaba entreabierta. Hubo bronca. Que de dónde vienes a estas horas, que qué has hecho todo el día por ahí, que la casa está hecha un asco, que no te has hecho el currículum, que así no vamos a ninguna parte...
Ernesto no pudo más que asentir a todo y cargar con todas las culpas. Cenaron en silencio y luego vieron una serie de la tele en el sofá. Al poco rato, ella se fue a la cama, muy cansada del duro día de trabajo en el supermercado.
Él se quedó, no viendo la tele, pensando. Sobre el mueble del salón, una foto enmarcada de su boda, con unos trajes horribles.
¿Qué podía hacer? Todavía no podía creerse lo que le estaba pasando, pero era real , ¡maldita sea!
"Vale céntrate, Ernesto. Tu mujer no te conoce, porque no estás en tu cuerpo, sino en el de otro tío, y tienes otra mujer. Vale, no está mal, pero no es tu mujer. Pero si tú estás aquí, ¿en tu casa quién está con tu mujer?¿Será este tipo, el de este cuerpo?¿Estará en la cama con Sara en estos momentos el muy cabrón? Y Sara, pensando que soy yo, ¿le estará haciendo eso que tanto me gusta a mí?¿Lo estarán haciendo? Lo mato, lo mato... Pero si lo mato, ¿me estaré matando a mí mismo?"
Al final, vencido por el sueño, se fue a la cama. Se deslizó sigilosamente por debajo del nórdico y se acurrucó en el hueco que quedaba. Ella, se revolvió y cambió de postura sin despertarse, abrazándolo.
A la mañana siguiente, era domingo y el supermercado no abría. No hubo despertador. Eran las nueve y media y ella seguía abrazada a él, sin tregua. Abrió los ojos, lo miró y habló:
- Buenos días mi amor - le susurró al oído mientras se arrimaba más a él. De repente, se apartó con un bufido.
- ¡Buf, apestas!. Anda, ve y date una ducha rápida, que yo te espero aquí.
- Buenos días - Alcanzó a decir él mientras se levantaba y se dirigía hacia el baño.
Bajo la ducha, pensaba sobre lo que iba a hacer cuando saliera. Esto provocó algún cambio en su anatomía, bastante evidente, por cierto. ¿Qué podía hacer? Tenía que seguir con su papel de esposo mientras averiguase la forma de volver a su anterior vida. Estaba dispuesto a sacrificarse.
... Y se sacrificó... tres veces.
Cristina, se llamaba Cristina. Lo vio en las toallas del baño, bordadas con los nombres de ambos. Cristina y Javier. "Vaya, me llamo Javier"
Retozaron todavía durante un rato en el lecho hasta que ella se levantó y se puso algo ligero para ir a preparar el desayuno. Ernesto, o Javier, se quedó mirando al techo, con una sonrisa de oreja a oreja.
El resto del domingo fue muy bien. Pasearon, prepararon una suculenta comida, luego una reparadora siesta y por la tarde vieron una peli en el sofá con palomitas de microondas. Antes de cenar, Cristina le recordó que debía ponerse al ordenador para actualizar el currículum, que ya llevaba año y medio sin trabajar y se le estaba acabando el paro. Esa persona llamada Javier tenía una trayectoria profesional bastante penosa: nunca acabó sus estudios en la Universidad, hizo varios cursos sin sentido y trabajó en los sitios más variopintos: desde repartidor de pizzas a domicilio, a contador de coches, reponedor en un hipermercado, payaso de cumpleaños o vendedor de colchones a domicilio. Un auténtico desastre, pensó, mientras cenaban una tortilla francesa con un filete de lomo adobado.
Ernesto era un gurú del márkéting. Su empresa había facturado en el último año más de dos millones de euros y sus campañas eran un ejemplo para todos sus colegas. Como no sabía qué hacer respecto a su nueva situación, mientras se le ocurría algo, pensó en ayudar un poco a Javier. Se lo planteó como un reto, casi como un juego. Y comenzó con su currículum.
En menos de una semana tuvo tres entrevistas de trabajo. En las tres lo seleccionaron y, entre ellas, Ernesto eligió la que le gustó más. Cuando llegó a casa y le dijo a Cristina que ya tenía un empleo, ella no se lo podía creer. Salieron a cenar para celebrarlo, tirando de visa, porque estaban a final de mes. Él dejó que ella eligiera el restaurante ya que, si hubiese sido al revés, ni con la visa. Fueron a un turco, bastante limpio, no muy lejos del barrio. Ella estaba radiante, orgullosa de su marido y muy, muy enamorada. Él parecía divertirse en su nueva vida, desde que había decidido vivirla, sin pensar en todo lo demás.
Pasaron las semanas y cada vez se sentía más cómodo en aquel pisito, con aquella mujer. Apenas pensaba ahora en Sara una o dos veces al día, y lo único que sentía era curiosidad por saber lo que estaría viviendo, y si la persona que estaba en su lugar la estaría haciendo realmente feliz. No, no es que antes no lo fuera, pero Ernesto siempre sintió que ella no acababa de entregarse y quizá era porque él no había sabido darle lo que ella quería.
Lo cierto es que realmente no sabía cómo poder volver a su anterior vida, por lo menos mientras siguiera viviendo en ese cuerpo y, quién sabe, quizá ya no hubiera vuelta atrás. O a lo mejor, una mañana se despertaría y todo habría vuelto a la normalidad. En cuanto a estas dos posibilidades, llegó un momento en el que Ernesto - Javier no sabía realmente cuál de las dos deseaba más. Sintió que se le había brindado una alternativa y que si se decidía por alguna de las dos, ésa sería la que prevalecería.
Pero todavía no lo había decidido.
Pasaron los meses y la nueva pareja se entendía a las mil maravillas. A Javier el trabajo le iba muy bien, traía un buen sueldo a casa y Cristina estaba muy feliz y relajada con la nueva situación. Gozaban del tiempo libre, haciendo cosas sencillas, siempre juntos, más enamorados que nunca. Sí, enamorados. Era imposible resistirse a los encantos de Cristina, una mujer bella, sencilla pero muy inteligente, siempre dispuesta a sonreír. Al principio le decía que la quería para no levantar sospechas, pero últimamente lo hacía realmente convencido, sin ninguna duda.
Muchas cosas habían cambiado en su día a día. Aunque ahora podían permitirse algunas cosas más que antes, no conocían el lujo y él comenzó a apreciar las cosas que no se pagan con dinero, como algo mucho más valioso. Ya no había fiestas, ni caros restaurantes, ropa de marca ni viajes exóticos, pero ahora parecía todo mucho más auténtico y hasta incluso estaba dando a su vida un giro más espiritual.
Un día ocurrió lo inevitable. Iba Javier caminando por el centro, buscando una tienda para comprarle un regalo a Cristina por el aniversario de boda, vaya paradoja, cuando avistó a lo lejos por la misma acera pero en dirección contraria a Sara paseando cargada de bolsas, del brazo de Ernesto. En un primer momento sintió un respingo, se sobresaltó. Pero conforme los vio acercarse, observó sus caras, sus gestos y le pareció que estaban muy a gusto el uno con el otro. Por fin se cruzaron y Javier no sintió ni siquiera el deseo de volver la cabeza para verlos alejarse.
Esa noche, cuando llegó a casa se encontró con una mesa decorada, velas y la mejor vajilla. Fue una bonita celebración, aunque era una lástima que él no recordase la boda. Cenaron, se repartieron los regalos y se fueron a la cama. Hicieron el amor, despacio, muy despacio, gozando de cada momento, sin prisas.
Cuando terminaron, se quedaron callados, abrazados, un buen rato. Javier volvió por un momento a sus pensamientos, sobre si realmente podía ser él mismo quien lo decidiera y, si era así, cuándo sería capaz de tomar esa decisión.
En ello estaba cuando Cristina le habló:
- Javi, mi vida, tengo que decirte algo.
- Dime.
- No es que no sepa cómo decírtelo, pero no sé cómo te lo vas a tomar.
- Seguro que me lo tomaré bien, no te preocupes.
- Javi, estoy embarazada. Vamos a tener un hijo.
Javier la miró a los ojos, en la penumbra del dormitorio, la besó en la frente y le susurró al oído:
- Sí, quiero.